Literatura

Escritos en El Tiempo

Andrés Mompotes
EL TIEMPO
Subdirector de información

Todo columnista es un cronista del pensamiento. Sus escritos tienen la misión de atrapar las ideas de su tiempo para contrastarlas, desmenuzarlas y convertirlas en dudas abismales o certezas que ayudan a entender la realidad que nos rodea. Tienen la obligación de abrir heridas en la mente y de sanar vacíos en la memoria. Una tarea estupenda, a la que solo se puede llegar por el camino del conocimiento y gracias al don de la comunicación, pero que encierra también responsabilidades de acero como aquella de ejercer la libertad de opinar.

Los columnistas que hacen su oficio a conciencia saben más que nadie lo que significa ser estandartes de esa libertad. Ellos representan esa especie de seres curiosos, reflexivos y punzantes que tienen el privilegio de escribir sobre el tema que deseen y con el enfoque que seleccionen en un medio de comunicación. En sus manos portan un legado de intelectualidad y erudición que los obliga a proponer un punto de vista original sobre cualquier tema de relevancia para el público.

Pero ese paraíso del libre albedrío y la autodeterminación es al mismo tiempo un bosque denso de obligaciones éticas y exigencias mentales. Deben orientar sin faltar a la verdad. Deben promover el debate público sin cruzar la línea de la injuria que ofende la inteligencia. Deben demostrar por qué son seres humanos nacidos para la dialéctica. Y deben ser defensores del derecho de la libertad de expresión, ese pilar fundamental de la prensa, en el sentido de la frase legendaria que se le atribuye a Voltaire:

“Detesto lo que escribes, pero daría mi vida para que pudieras seguir escribiéndolo”.

Leer a Fabio Martínez en su faceta de columnista es una constatación de que este oficio se nutre del desafío diario y permanente de evitar ser obvio, predecible, cómodo. No existe en sus escritos un afán distinto al de ser relevante. Ese propósito fundamental que obliga a usar la memoria, el estudio, el conocimiento, el análisis, la curiosidad, la escritura fluida y, en este caso, el humor inteligente, para que el público juzgue con su silencio o emoción la idea vertebral de cada columna.

Fabio Martínez

No persiste en estos textos un impulso diferente al de ser útil. Las letras y las ideas como herramienta infinita para entendernos y entender al otro. De ese instinto creativo nacen estas columnas. En ellas se ve claramente la fusión del escritor literario con el comentarista periodístico. La literatura y el periodismo convertidos en un mismo buque para navegar la realidad y explorar el horizonte de sus océanos. Uno de los puertos de llegada de ese viaje es este libro que reúne una selección de los escritos y columnas elaborados por Martínez a lo largo de más de 16 años de trabajo periodístico, durante los cuales el periódico El Tiempo ha tenido la oportunidad de servir como una transparente y amplia ventana de difusión en las ediciones impresa y digital.

En la primera parte del libro, el autor echa mano de su experiencia como creador literario para escudriñar en las grandes motivaciones de escritores como García Márquez, Vargas Llosa, Rulfo, Cortázar, Kundera, Saramago, García Lorca, Garmendia, Isaccs, Gardeazábal, solo por mencionar a algunos de la larga lista de reconocidos referentes de la cultura y del pensamiento que han sido objeto de la lectura cuidadosa y del análisis crítico de Martínez. Luego su exploración se hace más audaz. Así entra en ese terreno donde la literatura intenta interpretar las preguntas complejas y los dilemas fundamentales que los avances de la ciencia les imponen a la noción de humanidad y al concepto de sociedad. Ese es el eje temático de los textos seleccionados en la segunda parte y en medio de los cuales, ante una reflexión sobre cómo la era digital y el imperio de Internet, que prometen libertades absolutas, aunque dudosas, y conocimientos infinitos reunidos en un solo sitio, Martínez se plantea preguntas de este tipo: “¿Será que efectivamente el ser humano puede lograr esta vez construir la Torre de Babel y alcanzar el cielo del conocimiento? ¿No será que en el fondo, el viejo Flaubert tiene razón, y lo que estamos haciendo es una enciclopedia de la estupidez humana, como lo dijo en su época George Sand? ¿Qué vamos a hacer con la vanidad de los escritores que solo utilizan la red como un espejo gastado? Cuando hayamos reunido todo el conocimiento universal, ¿qué pasará con el ser humano?”.

Lo que viene después tiene ritmo y melodías. La relación entre la literatura y la música. Un tema que el autor conoce muy bien y que ha sido una de sus fuentes de inspiración para crear personajes y atmósferas que provocan sonidos en la memoria del lector. Con esa cadencia, el libro salta entonces a las columnas que hablan del arte, el cine y el teatro. Y luego, da el paso a la versatilidad. Allí donde lo que está en juego es la demostración de que el intelectual tiene un papel en la historia que le da sentido a su existencia. De ese modo, aparecen las columnas que analizan las cuestiones sociales de la ciudad y la región. Cali y sus contradicciones entran en escena. Pero también empiezan a trasegar por sus textos, los temas que hacen del Pacífico una oportunidad de región cultural y económica que aún no acaba por descubrirse a sí misma. Con esa actitud cuestionadora, Martínez también dedica sus reflexiones a los asuntos urgentes del género, a la educación y sus males crónicos, a los horrores de la guerra y al deber incansable de la paz.

Tratar de sintetizar en pocas líneas todos los mundos y todas las voces que aborda este libro es una pretensión que además de absurda puede resultar inútil. Por eso, lo más inteligente es hacer que el lector entre en él con curiosidad, esa virtud que mueve al explorador y al cronista de las ideas de su tiempo y de su sociedad, la cual es también una de las características que definen al buen columnista y a Fabio Martínez.

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