Cine

Naranja mecánica: una película adictiva

(A propósito de las proyecciones de copias restauradas, el 6 y el 11 de agosto de 2019 en salas de Cine Colombia en distintas ciudades del país).

Tomado del muro de Facebook de Sandro Romero
Escritor caleño
Profesor de Artes Escénicas de la Universidad Distrital de Bogotá.

Debo partir de una confesión: cuando la Naranja mecánica se estrenó en Colombia, en el esplendor de los años 70, tuve un ataque de fascinación tal, que la vi, sin interrupciones, en 17 oportunidades. Y no fui el único. Para los jóvenes de la época, la película de Kubrick era una suerte de manifiesto generacional, la hija directa del fracaso del hipismo y la evidencia de que a este mundo sin esperanzas sólo le quedaba Beethoven y la violencia. No es de extrañarse, por consiguiente, que su director, un fotógrafo neoyorkino exiliado voluntariamente en Inglaterra, hubiese decidido prohibir su exhibición en su país de adopción, tras encontrar la “mala influencia” que producía en las nuevas generaciones. Sin embargo, todo en Stanley Kubrick se ha convertido en sinónimo de transgresión y de anticipación. Con una filmografía que no pasó los 13 títulos, se puede decir que, con su obra, el cine cobró una nueva patente de corso y, a todas luces, sus películas son hoy faros imprescindibles para definir los nuevos destinos de un lenguaje que se transformó con cada una de sus obsesivas innovaciones.
Tras el éxito (y por qué no decirlo: el desconcierto) producido por 2001: Odisea del espacio en 1968, la aparición de Naranja mecánica transformaría los gustos, la moda, la moral y las libertades de toda una generación de cinéfilos. Basada en la novela homónima del escritor británico Anthony Burgess, la película ha ido creciendo con el tiempo y se ha convertido en un monumento de múltiples aristas, todas fascinantes. Desde la estupenda interpretación de su protagonista, Malcolm McDowell, pasando por una dirección de arte que hoy en día aún se considera transgresora, hasta la efectiva utilización de la música clásica como música incidental (marca de fábrica de casi todas las películas de Kubrick), Naranja mecánica es un ejemplo de cómo una película va creciendo con el tiempo, hasta convertirse en un título siempre presente, una obra de iniciación, deslumbrante para los públicos que la siguen descubriendo como una sátira adolescente de la destrucción de un mundo que se inventa una estética de la violencia y luego se escandaliza con ella.
Hoy, hay muchas leyendas alrededor de su director, de su rodaje, de su relación con su referente literario, de la música de Walter Carlos (convertido, poco después, en Wendy Carlos), de la intolerancia extrema, de la obsesiva calidad visual de su realización. Los adjetivos han crecido y Kubrick, un travieso creador de acertijos, se encargó de dejar las falsas pistas instaladas como para que, 48 años después, siguiéramos haciéndonos preguntas de poseídos: ¿Qué quiere decir la expresión Naranja mecánica? ¿En qué idioma hablan sus personajes? ¿La película es una apología de la violencia o un canto despiadado hacia las derrotas del mundo? El tiempo ha pasado sin clemencia, pero el film permanece intacto en la memoria de quienes crecimos con sus encantos perversos.
Para los nuevos espectadores, para todos aquellos que nacieron después de que Kubrick murió, el desconcierto sigue siendo el mismo, en la medida en que Naranja mecánica es una curiosa película “de iniciación”, donde ponemos en manos de sus personajes nuestras pulsiones más siniestras, para que sean ellos, y no el público, quienes se encarguen de practicarla. Es curioso que sus dos películas de “anticipación” (o de “ciencia-ficción”, como se quiera), 2001 y la Naranja, se hayan convertido en piezas de la nostalgia. Ni el año 2001 se parece al que soñó Kubrick en 1968, ni 1995 fue el que construyó Burgess, en un 1965 improbable, para imaginar el futuro. Sin embargo, no es necesario gritarlo a voces, el mundo es mucho más interesante en las creaciones de un director hermético, obsesivo y provocador, que las sucesivas trampas del progreso del fin de los tiempos.
De la misma manera que Así hablaba Zaratustra de Richard Strauss terminó convirtiéndose en “la música de 2001” para el imaginario colectivo, así mismo Los funerales de la Reina María de Henry Purcell, la novena sinfonía de “Ludwig van” o el Tratamiento Ludovico se han convertido en piezas esenciales que la memoria identifica con la Naranja mecánica de Stanley Kubrick. El genio de su realizador, del creador de tesoros como Espartaco y Lolita, de Dr. Insólito y Barry Lyndon, de El resplandor y Full Metal Jacket, logró el pico de la perfección con Naranja mecánica y, de allí en adelante, el cine nunca volvió a ser el mismo. Recuperar esta película para las grandes pantallas en el 2019 es un triunfo de la persistencia, de las nuevas herramientas digitales y, por qué no decirlo, de la belleza.

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