Literatura

Genealogía musical

No era fácil para mi interlocutora, en la meseta cundiboyacense, entender que pertenecía a la otra costa de Colombia en el Pacífico, un litoral que continúa recóndito e invisible.

Por: Medardo Arias Satizábal
Tomado de El País de Cali – Abril 17, 2019

Medardo Arias Satizábal

“Soy costeño”, dije alguna vez cuando me preguntaron lugar de origen, y no se sabía de qué ‘costa’ hablaba, pues no era de Barranquilla, Santa Marta o Cartagena. No era fácil para mi interlocutora, en la meseta cundiboyacense, entender que pertenecía a la otra costa de Colombia en el Pacífico, un litoral que continúa recóndito e invisible.
Dentro de esta invisibilidad, de la que hablaba el autor afroamericano Ralph Ellison en su libro ‘El hombre invisible’ (1952), podemos decir que la cultura del Pacífico colombiano es
un fenómeno nuevo en el mundo, algo por descubrir, inclusive, en su música.
Le ha correspondido a Cali ser el escenario, el laboratorio del Pacífico colombiano, en su afirmación como costa, entre lo urbano y lo moderno, en una de las experiencias migratorias más ricas hoy en el mundo, comparable sólo a las transformaciones sociales que viven China e India y su impacto antropológico en el concierto universal.
Hasta la primera mitad del Siglo XX, los procesos sociológicos desde la ruralía hacia la urbe, se daban matizados con la lentitud propia de las readaptaciones, es decir, con los consiguientes pasos en los que estos nuevos actores de la modernidad reconocían un entorno y abandonaban núcleos familiares, familias, procesos de producción. El autor turco Orphan Pamuk ilustra bien lo que fue el ‘llegar’ de tantos campesinos a una Estambul estratificada, donde las grandes familias vivían juntas en bloques habitacionales, con jardines y áreas de recreo comunes.
La confirmación de esa travesía y la alegría de estar aquí, es el festival anual Petronio Álvarez de música del Pacífico. Lo que no se pudo dar en la capital natural del Pacífico colombiano, Buenaventura, ocurre hoy en Cali, con el reencuentro histórico, ya no en el manglar sino en la urbe, de los ritmos que viajan a golpe de cununos, desde Guapi, Barbacoas, Tumaco, Quibdó; desde las ensenadas, los esteros, las aldeas profundas, la música ha sido el vehículo unificador, la que permite hoy hablar de la configuración de una identidad, no obstante la multiplicidad de ritmos, las diferencias culturales entre una y otra orilla.
En la Buenaventura de fines de los 60 las marimbas estaban ahí, esperando ser tocadas por Teófilo Potes. Llegaba al atardecer, cuando culminaban las tareas portuarias, trajeado de blanco, con los pantalones arremangados como un pescador en tierra. Teófilo conversaba con cada tablilla del instrumento, entre bordón y requinto, conocía las historias de los bombos, le susurraba misterios a los guasás. Lo visitábamos en su casa parada enzancos sobre el mar, en el barrio Venecia, donde atracaba la goleta «Esperanza» cargadade naranjas, cocos y caimitos. Teófilo nos enseñaba a bailar currulao en el canon viejo, nos hacía sentar en piso, para que reconociéramos el tumbo del mar entre las tablas abiertas del mismo, hechas también en chonta, esa madera sonora. Abría de pronto una lata de queso enviado por la Alianza para el Progreso y la compartía entre nosotros, sus discípulos. Teófilo sabía dar, y también recibía; entre marineros, se había hecho a un buen inglés. Hablaba algo de italiano y alemán también.
Con Mercedes Montaño y Enrique Urbano Tenorio, Peregoyo, conformó un trío al que la música del Pacífico debe reconocimiento perenne. Peregoyo creó el Combo Vacaná, para culminar una tradición de aires autóctonos que buscaban ser ya música urbana;Buenaventura había conocido orquestas como la ‘Tumbacasa’ y ‘La Gigante del Pacífico’,las cuales ya experimentaban con la transformación del bambuco viejo, en fusión conboleros, guarachas y pachangas. Entonces, el 90 por ciento del puerto de Buenaventuraestaba construido en madera; chachajo, tangare, chaquiro, mangle, otobo, sajo, guayacán,y el temblor que causaba una gran fiesta en estas casas de balcón y techo de zinc a dos aguas, bautizó a ‘La Tumbacasa’.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *